Muy a menudo me preguntan si siempre me han gustado los perros. Yo digo que no, siempre he sido de gatos. Desde pequeñísima me encantaban los gatitos.

Lo que pasa es que a menudo la vida te propone cosas, tu puedes decir que sí o que no, eso es lo de menos. Lo que sucedió es que Agata entró en nuestras vidas. Y no fue nada fácil, la verdad, a ella le gustaba la libertad, hacer lo que quería, vivir la vida loca. Y claro, cuando tuvimos que enseñarle que no se come encima de la mesa donde comen los humanos, que la caca y el pipí se hacen en la calle o en el jardín y que los zapatos, bolsos, botas y jerseys sirven para llevarlos puestos y no son comida, las cosas se complicaron un poco.

A ella no le interesaba nada si se comía una pizza cruda o saltaba de un mueble a otro. Eso era lo menos importante. Lo que sí le daba mucho respeto eran los hombres y si ademas llevaban barba y sombrero, ya ni hablamos. Se ponía a temblar y hasta se hacia pis encima. Era tremendo lo que sucedía en su mente cuando se asustaba. Había que cogerla fuerte fuerte para que no se escapara, porque si lo hacia y no teniendo ningún arraigo todavía, podíamos perderla para siempre.

Los primeros meses fueron complicados, un galgo es un galgo, y Agata era feliz, tenía pocos traumas y la cara muy dura. No dejaba escapar una oportunidad de picar algo. Recuerdo que en aquella época vivíamos cerca de un colegio. Y a las 17.00 hora zulú, se ponía delante de la puerta lloriqueando para salir. ¿Pensáis que era porque tenia ganas de pasear? Para nada. A esa hora salían los chiquillos del colegio, con sus bocadillos y galletas, y nuestra amiga quería estar allí por si alguno la “invitaba”. Y la verdad es que era muy gracioso, ya la conocían, y así por lo bajito le daban trocitos de pan con chorizo, algo de croissant, alguna galleta. Les caía muy bien a los niños, a las abuelas y madres un poquito menos. La veían muy grande y descarada. Aun así Agata conseguía meterse a todos en el bolsillo y siempre acababa con la tripita llena y super feliz. Entonces, a partir de ahí sí se podía ir a pasear, un buen rato, para digerir la buena merienda que se había metido entre pecho y espalda. Y así nuestra amiga se divertía por las tardes.

Por las mañanas era otra historia. Ya conocía los horarios de los recreos y allí que íbamos a pescar mimos en el hocico y aperitivos. La verdad es que hacia muy buenas migas con los peques, se dejaba acariciar y los niños se agolpaban entre las rejas del cole para decirle cosas, y ella muy digna las escuchaba, y se dejaba querer. Y así sigue, dejándose mimar y con caprichos de reina que la hacen todavía más encantadora, así que ahora es la dueña y señora de nuestra guardería canina.

Alicia Genovart Martinez