Nuestras mascotas

Historias

Agata

Agata es una galga maravillosa que ahora tiene ocho años, cuidadosa y muy pedigüeña, le encanta que la toques constantemente, le encantan los mimos, las caricias y las palabras bonitas, bueno, ¿y a quien no?.

Siempre usa la pata derecha delantera para pedir, siempre la misma. Además Agata sonríe, le encanta sonreír y cuando le das un trocito de jamón o de lo que sea, sonríe enseñando los dientecitos de delante. Es muy graciosa, pero esto no solo lo hace ella tenemos a un par de amigos que también lo hacen, Kika es un ejemplo.

Agata llegó a nuestras vidas de manera muy rápida, fue una sorpresa, ella no sabía nada de convivencia, no sabía lo que eran unas escaleras, y ya no hablemos del ascensor. Al principio le daba un pánico tremendo, luego, poquito a poquito se fue acostumbrando, en aquella época vivíamos en un ático, así que no había más remedio que irse adaptando a las modernidades.

Cuando comíamos y nos distraíamos nos robaba la comida del plato, y si te descuidabas también de la boca… se hacía pipí y caca allá donde le entraban ganas, podía ser la calle, el parque o el comedor, poco a poco también fuimos superando eso y al final se quedó la cosa en el pipican y en la calle, ya luego fue en el campo, pero eso viene más tarde.

A Agata le encantaban los libros, los de medicina, los antiguos, los que más me gustaban a mi. Empezaba por el lomo, y luego iba hoja por hoja, se las comía con gusto, y luego, cuando ya no podía más, las vomitaba. Y tú ya no tenías libro, solo una papilla asquerosa en el suelo.

Otra de las delicatessen de las que disfrutaba Agata eran los zapatos, principalmente los míos y de los míos, los de tacón, y si eran caros, mejor. Y así se zampó un par y la punta de dos botas recién compradas. Luego vinieron las chanclas de los chicos, en verano, las mochilas del colegio en otoño y las bolas del árbol y el árbol de navidad en invierno. Y así nos ayudaba a quitar cosas que ya no nos servían, o porque las había roto o porque no servían de verdad.

Hay que decir que gracias a ella todos nos volvimos más ordenados, tanto por necesidad como por desesperación, si queríamos que los zapatos, los bolsos y la ropa interior cara durase más tiempo, había que quitarla de en medio, sino estabas perdido.

Agata fue un regalo, a pesar de los desastres que causaba, los sustos cuando se escapaba, siempre ha sido una compañera estupenda. Y lo sigue siendo.

Lo que le gusta ahora que vivimos en el campo son las algarrobas maduras, las mastica con gusto, y es que están dulces y dan energía… ella ahora observa las cosas desde la madurez, sonriendo por lo bajo cuando ve que alguien está haciendo algún desastre, cuando hay alboroto porque pasan ciclistas al otro lado de la valla, ella sale como un cohete, ladra, les dirá cualquier barbaridad, y se vuelve más ancha que estrecha a casa, a su sofá, que es suyo, intransferible y que comparte exclusivamente con Candela.

Alicia Genovart Martinez

Candela

Candela es maravillosa, como Agata, ellas crearon EL RINCON DE AGATA, la adoptamos cuando tenía tres meses, estaba hecha un desastre, dieron el aviso de que estaba debilitándose en la perrera porque era demasiado pequeña y la habían tenido que poner en una jaula con perros adultos, no comía, había perdido todo el pelo y estaba llena de pústulas.

Su aspecto era tremendo, pero la vimos en una foto, con los ojos enfermos y tristes, y nos enamoramos. Se organizó un dispositivo para traerla a Valencia y al final nos la dieron, y es que fue verla y ponerle nombre: Candela. Cuando llegó a casa estaba muerta de miedo, a Agata por supuesto no le hizo ninguna gracia esa cosa maloliente, y que le ladraba a todo.

Candela no la dejaba en paz, si Agata se cambiaba de sofá, la pequeña la seguía, si bebía, la pequeña la imitaba, y copiaba todos los movimientos que la mayor hacía, era muy divertido verlas. Pero Agata no estaba dispuesta a perder el trono de reina de la casa con facilidad, así que cuando las soltábamos en la playa, Agata le hacía la vida imposible, la arrollaba, le mordía las patitas y corría como una loca, sabiendo que Candela con sus tiernas patitas no la iba a poder alcanzar nunca… así Agata le enseñó que la que de verdad mandaba en casa era ella, y la pequeña Candela lo entendió, y siempre ha entendido que ella es la hermana pequeña, la que va en segundo lugar, pero le parece fenomenal porque adora a Agata.

Como cuando llegó tenía un cuadro muy raro de piel, se sospechaba sarna, u otra enfermedad de la piel, olía fatal, y sus pústulas se abrían y supuraban, la verdad es que daba un poquito de asquito. Pero Matteo, nuestro hijo pequeño, la vio, se enamoró de ella y se la llevó a la cama, cuando se lo explicamos a la veterinaria casi le da un síncope, pero es que a los dos días de dormir con su hermano humano, a Candela le fue creciendo el pelo, se le secaron las heridas, y estaba mucho más serena. Y es que el amor es la mejor medicina que existe en el mundo.

A Candi, (es como la llamamos en casa) no le gusta mucho la gente, es desconfiada, ha pasado por muy malos momentos y ha desconfiado siempre de los humanos, no le falta razón. Con los otros perros no es abierta, pero nunca hace daño a los demás, es más, es a ella a la que muerden. Aún así se intenta encontrar de la mejor manera con los demás, y poco a poco se va abriendo, y más de una vez la hemos visto jugando con alguno de los perretes que pasan por casa.

Una de las cosas que más le gustan a Candi es salir a pasear con Daniele, para ella él es su único amo, yo estoy dando vueltas por la casa, y soy digna de su amor, pero su veneración es total y absolutamente para Daniele.

Alicia Genovart Martinez